domingo, 9 de noviembre de 2014

Palabras de lo inconfensable



Siempre que hablo me equivoco,
porque nunca hay correspondencia
entre lo que pienso y lo que digo.
Si hablo, miento;
si callo, me digo la verdad,
porque sólo soy dueño de las palabras
cuando no las pronuncio,
y se hacinan cada vez más las palabras
que no quiero decir.

Por eso voy y apago la luz y los ruidos. 
Demasiados ruidos, demasiadas luces
alumbrando con luz falsa…
Cierro las ventanas al mundo
y me doy el privilegio de serlo todo para mí.
Dejo fuera incluso el recipiente
en que me contengo, para sólo pensarme,
y, permaneciendo a la escucha del tiempo,
de lo que dice y de lo que digo,
poder gritarme las palabras de lo inconfesable:
que mi alma es una muchacha que camina descalza
por la orilla de una playa de otoño
y que mira al infinito desde su soledad
infinitamente sola.