sábado, 15 de noviembre de 2014

Verdad sin enmienda



Viajo en solitario
al pueblecito de mar de mi infancia.
Es agosto en esta playa de verano
en que la luna tiñe el mar de plata
y refulgen las sonrisas de la gente
que pasea distendida
                     en sus días de descanso.

Es extraño:
es el mismo mar, la misma playa,
que hace tantos años me ofrecían
su reino de solaz y de alegría.
Qué lejos ha quedado aquel tiempo
en que nos bañábamos, desafiantes,
en la plena noche del mar,
compitiendo en valor, sintiéndonos dueños
del mundo y de la vida.
Qué lejos todo aquello y todos aquellos amigos
de los que no supe nada más.

Hoy, sentado en esta terraza con vistas al pasado, 
tengo el miedo impreciso de que las horas
sigan derramándose con la resolución e impiedad
con que lo han hecho hasta ahora.
Sé que es imposible que el tiempo se estanque
y no avancen los años que me harán viejo.
Lo sé, y qué desasosiego causa
esta verdad tan sin enmienda.