miércoles, 16 de noviembre de 2016

Precario equilibrio



Estaba en la terraza en una indulgente noche de verano.
El ramaje de los árboles plateaba bajo la luna en paz,
allí en lo alto de un cielo de agosto, de un mar de negrura
en que flotaban las estrellas con un temblor de eternidad.
El silencio prodigaba, obsequioso, su bálsamo
por debajo de la música modesta y cautivante de los grillos.

En mitad de aquella danza de ecuanimidad deliciosa,
de improviso, me vino tu recuerdo como una voz de intruso,
igual que el aullido de un perro vagabundo
en la plenitud de un sueño.
En otro tiempo, quizá, me hubiera perturbado
esa brisa trágica que soplaba desengaño,
evidencia del tránsito efímero del esplendor.

Sin embargo, aquella recordación me llevó a otra memoria,
a los versos del poeta que dijo que nada es improcedente,
que no hay imperfección que no sea perfecta, que no cumpla
su función en el mundo. Todo tiene su reverso; sólo es preciso
saber vivir en precario equilibrio, entender que el dolor
es contrapeso de la alegría, que cierta amargura es un faro
a pagar por la travesía de los mares de la dicha.