jueves, 27 de abril de 2017

Paralizado entre el miedo y la nada



Si no te dije nada fue
para no arrepentirme de mi osadía,
por eso no te dije nada;
por eso luego me arrepentí,
por no haberte dicho nada,
por mi cobardía.
Palabras que van al limbo
de las palabras nunca dichas;
o si dichas, clandestinas,
dichas cuando nadie te escucha.

Alguien alzó una muralla infinita
en el centro de mis designios:
a un lado el pensamiento y al otro la voluntad,
quedando ambos condenados
al distanciamiento perpetuo.

Todo lo que pude conseguir
no sé lo que fue: nunca estiré los brazos
para ver qué podía alcanzar;
siempre con la carencia de las decisiones no tomadas,
con el miedo anticipado al fracaso,
mientras los días, inmóviles, corren a gran velocidad.

Congelado en el fuego de una pasión estática,
me oculto tras de la noche.
Allí, en el anonimato que ella me concede,
formulo mis nuevos propósitos, mis valentías a deshora,
hasta que viene el sueño,
ese hueco entre las determinaciones nocturnas
y la quimera en que se convierten al alba:
convicciones vaporosas, voluntades hechas de niebla
que se disipan a la luz del día.

Todo esto, confesiones que no consuelan
más de lo que dura pensarlas.
Y diría tantas cosas…
Pero me quedo callado,
paralizado entre el miedo y la nada.