martes, 11 de septiembre de 2018

Soñábamos



En realidad, nunca estuvimos como nunca,
aunque todo era tan ligero que parecía sólido.
Pero quizás, porque nos divertíamos demasiado,
no nos divertíamos tanto como pensábamos.
Queríamos ser felices a toda costa,
a veces incluso a costa de nuestra felicidad.
Corríamos como pretendiendo anticiparnos
al tiempo que iba a echársenos encima,
mas sin llegar a ningún lado, atrapados
en el deseo imposible de aquello que se escapaba.
Soñábamos, eso era todo.
  

martes, 4 de septiembre de 2018

El mundo después de su fin



A mi amiga Silvia.

Al principio basta con comenzar,
luego ya las cosas se complican.
Los pájaros se marchan, las calles
por las que paseabas se niegan a reconocerte,
nada te reclama, ningún destino
al que someterte. La tierra,
como si la vida fuera un sueño que no te perteneciera,
parece haber ido tragando tus pies,
tus rodillas, hasta el tronco;
y te agarras precisamente a eso, a la caída.
Y cuando dabas por hecho que serías engullido
totalmente, el hundimiento se detiene;
entonces compruebas, no sabes si feliz o desgraciado,
o feliz y desgraciado, que aún vives,
que todavía puedes ver, oler, oír, sentir,
como si el fin del mundo hubiese ocurrido
y luego el mundo hubiera continuado,
y tú con él, igual que un enfermo
que agoniza y agoniza, incapaz de morir.
  

lunes, 27 de agosto de 2018

Pájaros en mi cabeza



Creo que parte de mi amor a la vida
se lo debo a mi amor a los libros.
Adolfo Bioy casares.

Me gusta salir a pasear y, sobre todo,
salir a pasear por calles que no conozco,
como si fuera un extranjero en mi propia ciudad.
Me gusta salir a pasear por calles desconocidas
y, completamente perdido, encontrar
de repente, a la vuelta de cualquier esquina
de cualquier calle vieja del centro,
una librería igual de vieja que su calle
e, igual que ella, fabulosamente caótica,
llena de volúmenes antiguos, de libros de segunda mano
desparramados por todas partes:
por las estanterías, por el suelo,
agrupados muchos de ellos unos sobre otros
como torres de Pisa a punto de derrumbarse.
Me gusta pasear entre libros y, sobre todo,
entre libros que no conozco,
como si fuera un explorador en una jungla literaria.
Me gusta pasear entre libros desconocidos
y, completamente perdido, encontrar
de repente, a la vuelta de una pila de ellos,
un ejemplar que llama mi atención, por puro instinto,
entre aquella espesura de libros olvidados.
Entonces, regreso a casa contento,
anhelante por la expectativa.
Allí me acomodo en el silencio
que, poco a poco, se va llenando de palabras,
de bandadas de palabras como pájaros en mi cabeza.
 
 

viernes, 17 de agosto de 2018

Pase lo que pase, todo pasa



Quien ha vivido sabe que existe la tormenta,
que las tempestades aguardan
allá a lo lejos, tan cerca...
Somos felices peligrosamente:
la calma, como paraíso, también acaba,
porque no es tanto un lugar como una franja de tiempo.
Por eso, un día cambia de repente la luz
y el viento trae la sombra de nubes espesas.
En un instante, todo se oscurece
de esa forma incomprensible como nos sorprende
lo inevitable y ya sabido.
Quien ha vivido conoce, sin embargo,
que la tormenta es transitoria, perecedera,
y que el sol termina por colarse entre las grietas de la lluvia
igual que flor entre unas ruinas;
luego se hace tan grande que parece de nuevo jardín,
otra vez paraíso precario, amenazado.
Quien ha vivido sabe que es así
como se fraguan los días: esperando
que pase lo que tiene que pasar
y luego pasa, sin quedarse.

sábado, 11 de agosto de 2018

Porque nada termina



Poema en memoria de mi abuelo Miguel,
con la colaboración de mi padre Virgilio.

Ser joven otra vez, ¿te imaginas, abuelo?
Vivir la vida de nuevo, volver a nacer
del amor de Mariano y Andrea
en aquel pequeño pueblo de Palencia:
Itero Seco. Ha llovido mucho
desde aquel 5 de julio de 1918;
apenas un suspiro, me dirás tú.
Haz un último esfuerzo en la memoria:
¿te recuerdas corriendo en la niñez
por los campos de Castrillo de Villavega?
Qué lejos ha quedado aquel tiempo
que no fue todo solaz y alegría,
pues a los 12 años ya viste fallecer a tu padre.
Con qué resolución e impiedad se han derramado las horas,
por mucho que parezca ayer
cuando te llevaron a la guerra;
una contienda que se llevó a uno de tus hermanos.
Tomaste parte en diversos frentes
y recorriste tantos lugares en ella…:
en Asturias, Villaviciosa y Cangas de Onís;
en Vizcaya, Orduña; en Aragón, Jaca;
Tremp, Sort y Gerri de la Sal en Cataluña.
¡Hasta dormiste en la nieve!
Saliste, pese a todo, indemne;
además, con dos medallas al mérito y al valor.
Pero tú no fuiste un héroe de guerra,
sino un adalid de la paz, del amor a tu esposa:
Catalina, que engendró en Villameriel, su pueblo,
a vuestros dos hijos, frutos de vuestra unión.
Quisiste siempre lo mejor para ellos,
regalándoles la riqueza incontable del cariño de un padre.
Sufragaste, incluso, su vida con la tuya,
inasequible al desaliento, buscando empleo
donde hiciera falta: en Villadiezma (todavía en Palencia),
Muriedas de Camargo (Cantabria) y recalando en Madrid,
ciudad que te ha visto morir.
Siempre pobre, con más penas que alegrías,
con estrechez, con una vida dura y difícil,
te ganaste el pan con diversos oficios:
obrero del campo, peón caminero, plantador de pinos,
obrero de fábrica, portero de finca u operario en un almacén de loza.
Tanto esfuerzo, tanto sacrificio, tanto desinterés por lo propio
y la siempre disposición hacia lo ajeno…
Formaste parte, por pura iniciativa, del grupo de los últimos,
de los del final de toda lista y con la modestia
más verdadera, por inherente a tu bella persona.
Sencillo, amable, familiar, trabajador, esposo fiel
y amante de tus hijos, guardaste devoción por San José Obrero,
tu modelo y patrón, bajo cuyo amparo afrontaste
las adversidades y contratiempos con serenidad y resignación.
Tu único vicio fue siempre estar presto a cualquier ayuda,
humilde y servicial; y eso sí, el tabaco
hasta los cuarenta y tantos años, ¿recuerdas?
Ahora que en tus venas ha bebido la muerte,
poco a poco, todo este acontecer desordenado de tu vida
va adquiriendo la rara consistencia indestructible
del sueño o la leyenda. Porque es preciso que todo
en apariencia acabe para que al fin comience.
Nada, abuelo, nada, se extingue con tu muerte.
Tras esa puerta oscura que atraviesas continúa el camino,
ya sin dudas ni riesgos, ya sin temores ni asechanzas.
Y aquí, donde el aire sigue moviendo los árboles
y continúa la vida terrena, los que te hemos querido
- en especial tu hijo Virgilio, que te amó más que nadie en el mundo –
guardaremos tus palabras y custodiaremos tus huellas,
alumbrados por tu luz, que ha de seguir,
porque nada termina, por siempre muy viva, pura y verdadera.

 

martes, 31 de julio de 2018

Alguien, muchos, quizás nadie



Me llaman Rodrigo, pero no conviene
conceder excesiva importancia a los nombres,
que acaban construyendo una identidad
que tal vez no exista o es demasiado sutil.
A mí la literatura me ayudó a superar
el contratiempo de ser alguien, con sus limitaciones
espirituales y espacio-temporales.
Convengo en que quizás sea Rodrigo,
pero también en ser muchos otros,
con la capacidad potencial con que un centro
puede desplegarse hacia tantos universos periféricos.
Escribo y ya no soy yo, sino el que escribe,
el que me lleva a un lugar otro, a un tiempo otro,
a una mente otra, ensanchando márgenes y horizontes.
Puedo encontrarme en invierno cuando estoy en verano,
tomar trenes en los que desfilan paisajes
desde la ventana de mi habitación,
pensar pensamientos que no son míos,
sentir sensaciones que yo no siento.
Mi voz, como la de un ventrílocuo,
se diluye y adopta una forma para cada poema,
una identidad distinta, aunque me llame Rodrigo,
quienquiera que sea Rodrigo, acaso nadie.

 

martes, 24 de julio de 2018

Regalo envenenado



Porque la fruición del verano trae la nostalgia
del otoño, el posible placer del estío
puede trocarse en la imposibilidad de gozarlo.
Y es que el sentimiento de alegría
está, curiosamente, muy cerca del de tristeza,
y tiende incluso a confundirse con él,
más cuanta más extrema sea su intensidad.
Son dos fuerzas, aunque contrapuestas,
unidas, como la cima y la sima.
Todo lo que la existencia tiene de bueno,
como un don gratuito ofrecido por un dios espléndido,
hace que su pérdida sea percibida
como una fatalidad inmerecida, igual de gratuita,
infligida por un dios retorcido.
Anthony Powell escribió que envejecer
es como ser penalizado por un crimen
que uno no ha cometido.
El regalo es en sí mismo un veneno:
la juventud enciende cuerpos que luego serán ceniza.