martes, 29 de noviembre de 2016

Dime, madre



¿Cuánto se tarda, madre, en desaprender el miedo?
Camino valiente, porque llevo el pavor en mis pasos
y, aun así, camino; pero ¿cómo caminar con esta llaga
irreparable en los pies? ¿Acaso hay decoro en el denuedo?

Dime, madre: ¿tardará mucho en descampar
la angustia? Temo que después de la tormenta
no haya ninguna calma, que no haya paz
tras esta guerra, que haya sido vano
todo el sufrimiento.

¿Hacia cuántos rumbos sin rumbo
he de dirigirme? El horizonte de esperanza
no lo alcanzo nunca; se aleja siempre
al caminar hacia él.

¿Durante cuánto tiempo he de seguir
en esta combadura del esfuerzo por seguir?
Cuesta avanzar
en la inseguridad de los caminos a oscuras,
en la ceguedad de no ver nada.

¿Para qué recorrer un laberinto
del que se sale de nuevo a la muerte?

Madre, no entiendo este sueño de estar vivos.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Precario equilibrio



Estaba en la terraza en una indulgente noche de verano.
El ramaje de los árboles plateaba bajo la luna en paz,
allí en lo alto de un cielo de agosto, de un mar de negrura
en que flotaban las estrellas con un temblor de eternidad.
El silencio prodigaba, obsequioso, su bálsamo
por debajo de la música modesta y cautivante de los grillos.

En mitad de aquella danza de ecuanimidad deliciosa,
de improviso, me vino tu recuerdo como una voz de intruso,
igual que el aullido de un perro vagabundo
en la plenitud de un sueño.
En otro tiempo, quizá, me hubiera perturbado
esa brisa trágica que soplaba desengaño,
evidencia del tránsito efímero del esplendor.

Sin embargo, aquella recordación me llevó a otra memoria,
a los versos del poeta que dijo que nada es improcedente,
que no hay imperfección que no sea perfecta, que no cumpla
su función en el mundo. Todo tiene su reverso; sólo es preciso
saber vivir en precario equilibrio, entender que el dolor
es contrapeso de la alegría, que cierta amargura es un faro
a pagar por la travesía de los mares de la dicha.